miércoles, 7 de enero de 2015

HUMBOLDT EN TENERIFE

El día 19 de junio de 1799 por la mañana llegaron los viajeros del Pizarro a la vista de la isla de Tenerife. Ya pueden contemplar las rocas desnudas y el acantilado de Anaga; pero el Teide se les ocultó detrás de una cortina de niebla. Era ésta “tan espesa, que apenas se podían distinguir los objetos a unos cuantos cables de distancia; pero al momento de empezar a saludar la plaza, la niebla se quitó de repente. El Pico Teide se apareció entonces en un claro por encima de las nubes. Los primeros  resplandores del sol, que aún no se había levantado para nosotros, iluminaban la cumbre del volcán.

LA LAGUNA

Había sido una noche de luna nueva, negra, de esas de mal augurio, cuando es mejor dejar las cosas en manos de las estrellas. Ese día del mes en que el astro rey no toca al satélite, privando al lago de la Vega de ver los rayos lunares reflejados en el agua, se desperezaba con parsimonia la mañana y hasta a las cabras les costaba despegar sus ubres del suelo.

Fueron señales suficientes para que aquellos aborígenes estuviesen inquietos. Sin que el sol se hubiese asomado por las laderas de San Roque, fueron cegados por unos deslumbrantes y raros destellos provenientes de unos hombres montando animales de fábula que espantaron al ganado.

Sonaros los bucios, alertando por los barrancos, y los guanches se agruparon, yendo valerosos al encuentro de los castellanos, con las deslumbrantes armaduras. Eran guiados por el converso Guanarteme, a través del barranco que ascendía desde Santa Cruz. Ocurrió el desigual y bélico encuentro de tropas: taparrabo por yelmo, espada por banot y arcabuz por corazón a pecho descubierto.

La sangre corrió por las caderas de Vega, hasta teñir el lago de rojo. Migraron las aves a la montaña de Mesa Mota, desde donde fueron testigos de excepción de las últimas escaramuzas en aquel día de luna negra, y fue tal el griterío bélico, que no volvieron hasta el siguiente invierno.

Heridos y desolados, huyeron los autóctonos a tomar refugio bajo el manto verde del que más tarde sería monte de Nuestra Señora de la Merced. Otros, como Bencomo, no dispuestos a negociar con patria y alma, arrojaron sus cuerpos al vacío.

Aparte de aquellos militares, no quedaron otras bestias en la Meseta, e hicieron surgir una villa con tal disposición geográfica que le permitiría ser la primera ciudad europea sin amurallar. Ni castillos, ni almenas, sino asiento a la vera del lago protegido entre montes por un valle de cuenco natural. El primer asiento eclesial: una torre de planta cuadrangular y cúpula octogonal. Tierra e infinito, y aquella construcción fue el primer aviso y súplica al Supremo por tan incruentos hechos, y éste, como penitencia, mandó construir, a cada paso, aquí un templo, allá un convento, pues no hubo tribunal humano capaz de juzgar los crímenes cometidos, y no le quedó más remedio a la ciudad, que hacerse espiritual.


Lo que durante milenios fue un lago, paraje bucólico de aves migratorias y otra fauna autóctona, se convirtió en un abrevadero de bestias, y la vieja laguna acabó siendo un pantano de lodo e incierto excremento que no sobrevivió tres centurias. Al perder las razones toponímicas, quedó la ciudad sin seña alguna de identidad, y a partir de entonces pasó a ser el fantasma de quienes alguna vez vieron por allí una laguna. Pero cada invierno lluvioso volvían a reflotar las aguas del lago, subiendo al menos un palmo por los alrededores del que luego se llamó Camino Largo.


LAGUNA ESBRÚJULA (LA PLUMA ESBRÚJULA)